Calles solitarias

Cuando dijeron que no se podía salir, mis hijos nos pidieron que empezásemos a tomarnos la temperatura como una rutina.

El miedo empezó cuando yo tuve fiebre. La tristeza, con tantas muertes, no se podía controlar. Las calles solitarias, sin niños ni coches. Solo en los supermercados había colas. Parecía que se había acabado el mundo.

¡Para mi ha sido una angustia!